Con motivo de la documenta de Kassel de 1972 Joseph Beuys mantiene una interesante conversación con la editora suiza Clara Bodenmann-Ritter en la que invita a toda la sociedad a implicarse en una política activa de la enseñanza del arte porque para él :

“La enseñanza es universal a pesar de todo. O sea, en la calle; cuando hablas de estas cosas en la verdulería, con la gente, la escuela está en ese momento en la verdulería. Eso significa que el proceso escolar no sólo tiene lugar en la escuela, sino que las cosas empiezan en cuanto un ser humano habla con otro de esas cosas.”

Si tenemos claro, y sería preocupante que no fuera así a estas alturas, que el museo es también un escenario educativo que utiliza múltiples códigos, en ocasiones similares a los de una escuela y en otras, códigos propios, deberíamos asumir también que el museo no empieza y acaba en los muros de la institución. El museo está dentro y, por encima de todo, está fuera. El museo es galería y es calle. El museo es obra de arte y es debate. El museo es uno y todos.

Este posicionamiento resulta poético y político a un mismo tiempo ¿Pero es, a día de hoy, real para la mayoría de los profesionales del mundo del arte y la cultura? Desde mi propia experiencia, debo decir tristemente que no. En estos momentos, en los que nos comunicamos a diario desde las redes sociales con infinidad de profesionales, resulta aún complejo establecer lazos de trabajo reales entre la institución museística y los profesionales independientes del arte.

En muchos casos, la primera impone sus modos, tiempos y líneas de acción desde unas estructuras de trabajo cerradas y caducas. Por otro lado, la segunda parte sigue observando al museo como un escenario de trabajo elitista, alejado de la sociedad y poco accesible. ¿Existe alguna solución a esta desconexión? Claramente sí. La única que resulta válida en todos los escenarios de la vida: la comunicación.

El museo, y por extensión sus profesionales, deben comprender que el hecho de que formen parte directa de la institución no hace que su voz sea la única con validez y rigor para construir la identidad del centro. Si se trabaja mano a mano con profesionales externos (comisarios, educadores, artistas, gestores, etc.) debe hacerse de igual a igual. En este baremo de igualdad no sólo debe contemplarse el ámbito intelectual sino también el laboral, impulsando contrataciones económicamente justas y profesionalmente dignas.

Los profesionales externos al museo, deben a su vez actuar con convicción y creatividad y no esperar a que la gran sombra del museo les de cobijo. Sueño diariamente desde mi puesto de trabajo con profesionales que me propongan proyectos, que me hagan ver otras “formas de hacer” y que ayuden al museo a sobrepasar sus muros.

Jorge Oteiza escribió en su famoso Quousque tandem :

“La obra de arte no educa. La obra de arte es una herramienta espiritual para servirnos de ella. Y una herramienta, una máquina, no educan. Hay una educación sí, para servirnos de la herramienta.”

Cambiemos el término obra de arte por el de museo y tendremos la respuesta. Si el museo es una herramienta, ésta es de todos y, como tal, no hay dentro ni hay fuera, no hay fuera ni hay dentro. Sólo hay arte, educación, vivencia, experiencia, transformación y formación. NO debemos tener miedo a construir una estructura de trabajo abierta, flexible y con múltiples perfiles y escenarios de trabajo porque todos estamos en el mismo barco. Hagamos entre todos que el barco navegue con dignidad.

Aitziber Urtazun, Responsable del Departamento de Didáctica del Museo Oteiza.